Columna del Obispo

Respuesta Para Católicos Desilusionados

 

Los católicos de nuestra área han sido fuertemente golpeados con noticias alarmantes en los últimos meses. Estamos siendo enfrentados con el tema del maligno en el mundo; específicamente con crímenes horribles perpetrados contra niños inocentes por personas que recibieron la responsabilidad de proclamar el Reino de Dios.

Las historias de pecado que venimos escuchando nos afecta a todos y cada uno de nosotros. Independientemente de que nosotros o un conocido cercano haya sido o no víctima de tales actos en forma directa. Dichos actos pueden llevar a los que nos consideramos católicos a cuestionar nuestra fe preguntándonos ¿cómo es posible que personas que se consideran seguidoras de Cristo abusen de niños inocentes para sus propios fines egoístas?

Es bueno recordar que los sacramentos del bautismo, ordenación sacerdotal o cualquier otro no cambia nuestra naturaleza humana. Por eso decimos que todos somos pecadores porque realmente lo somos. Jesucristo nos ofrece de forma gratuita las gracias necesarias para resistir, vencer y evitar el pecado. Pero, también poseemos la libertad de rechazar la ayuda de Jesús.

El pecado consiste en elegirse a sí mismo. El pecado nos lleva a mirar lo nuestro. El pecado nos aleja de la voluntad de Dios. La tentación de la serpiente que leemos en las escrituras fue presentada de esta misma manera. Si desobedecemos a Dios, seremos tal como él, independientes de Dios e iguales a él en todo. Los seres humanos no hemos perdido ese deseo de autosuficiencia que nos aleja definitivamente del Creador.

Todos y cada uno de nosotros luchamos con esta tensión profunda de querer elegir lo que cada uno desea y no lo que Dios, en su infinito amor, desea para nosotros. Esto es un acto muy personal, pero a la vez muy comunitario también porque nos afecta a todos.

Leemos en las escrituras que Jesús en el Jardín de Getsemaní le dijo a su Padre que no se hiciera su voluntad sino la voluntad del Padre que está en los cielos. Esa afirmación de Jesús nos trajo la redención y salvación a todos. Por eso, es bueno recordar que cada vez que nosotros decimos que se haga ‘mi voluntad’ y no la del Padre, traemos la muerte y destrucción primero para nosotros mismos y, también, para aquellos cuyas vidas encontramos a diario.

Somos una iglesia que se inició con los doce apóstoles. Judas traicionó a Jesús. Pedro, a quien llamaríamos piedra, negó a Jesús tres veces. Excepto por Juan, los demás apóstoles abandonaron a Jesús en sus momentos más difíciles.

Somos una iglesia de pecadores realmente. Jesús mismo dijo que no vino para salvar a los justos sino a los pecadores. Así que, debemos enfrentar esta triste realidad. Poco a poco venimos reconociendo que lo dicho por Jesús no fue una afirmación simple y piadosa, sino un acto real y actual. Por lo mismo nos horrorizamos cada vez que escuchamos y leemos sobre aquellos llamados a pastorear el pueblo de Dios, tal como lo hizo Jesús, convirtiéndose en la lacra del pueblo que Jesús condena. Sentimientos de traición nos desilusionan. Sentimientos de enojo nos invaden. Para muchos nuestra fe esta siendo fuertemente remecida.

Al enfrentar este problema de pecado tenemos que asumir dos realidades:

Primero, Dios ha creado a todos y cada uno de nosotros con voluntad propia. Poseer voluntad propia es algo tremendamente poderoso. Si yo hubiera tenido todo el conocimiento y amor ilimitado de Dios, no creo que hubiera concedido libre albedrío al ser humano para que ellos elijan alejarse de Dios, preferir el pecado y acciones sociales tan destructivas como auto-destructivas que causan tanto daño y dolor hoy. Pero, reconocemos que con el don de ‘voluntad propia’, Dios nos ha dado un arma de fuego que busca alejarnos de su plan para cada uno de nosotros. Todo esto se inició con nuestros primeros padres y continua hoy en día. Somos realmente libres de decirle no a Dios y no a su plan de amor para cada uno de nosotros.

Segundo, junto con el libre albedrío que recibimos de Dios también existe el pecado y el maligno en este mundo. Las escrituras nos recuerdan constantemente que el pecado nos aleja de Dios y nos vuelve hacia nosotros mismos. Este acto de pecado genera el caos y dolor que conllevan efectos dolorosos que van más allá del mismo pecador.

¿Cómo lidiar con esta realidad de pecado? ¿Cómo vencer el enojo y desencanto que el pecado ocasiona?

Nuestra fe tiene que estar en y sobre todas las cosas bien cimentada en la persona de Jesús. Esta realidad nos ayuda a seguir declarando que creemos en una iglesia que es una, santa, católica y apostólica.

Lo que venimos experimentando en nuestra iglesia de hoy es la realidad inevitable del pecado que rompe el equilibrio del orden moral al que estamos llamados. Es, sin duda, una lección muy agria que aprender. El pecado no es algo meramente personal. El pecado es sobre todo un acto siempre social.

¿Cómo podemos mejorar nuestra iglesia?

Todos nosotros, los bautizados, tenemos que asumir responsabilidad plena por la vida de la iglesia. Todos tenemos una tarea por realizar que se nos dio en nuestro bautismo; todos recibimos una relación profunda con Jesús.

Debemos ser mensajeros de la verdad. Debemos decir la verdad con amor tal como lo hizo Jesús. Los documentos del Concilio Vaticano II nos llaman a tomar un rol activo y responsable en la vida de la iglesia hoy y siempre. Esto no es nada Nuevo. Si leemos los Hechos de los Apóstoles y nuestros Padres de la Iglesia, veremos una comunidad de fe que supo asumir el rol de responsabilidad recibido de Dios dentro de la iglesia. También nosotros estamos llamados a seguir el buen ejemplo de aquellos que nos precedieron en la fe.

Juntos debemos trabajar para construir el Reino de Dios. No podemos ser una simple audiencia. Tampoco podemos continuar en una actitud pasiva.

Ciertamente la renovación litúrgica originada después del Concilio Vaticano II nos muestra claramente que somos participantes activos en el acto de alabanza más sagrado que podamos tener. Pero, dicho acto no está reservado solo a una participación pasiva en las celebraciones de la Eucaristía. Estamos llamados a motivarnos mutuamente en la fidelidad y la humildad.

Aquellos de nosotros que recibimos el sacramento del orden también necesitamos que se nos recuerde que estamos llamados a servir y no a ser servidos. Llamados a proclamar la Buena Nueva no sólo de palabras, pero sobre todo con el buen ejemplo de nuestras vidas. Yo necesito ser corregido cada vez que humanamente me olvide a lo que fuí consagrado. Igual, todos estamos llamados a corregirnos mutuamente en honor a la verdad para que juntos podamos vivir a plenitud el Evangelio.

La iglesia nuestra ha sido tremendamente herida por el pecado de aquellos que fueron llamados a pastorear y santificar el pueblo de Dios. La iglesia también será sanada con el poder sanador de la gracia de Dios y por todos nosotros también llamados a seguir a Jesús, el camino, la verdad y la vida.

 

Translated by Sister Sonia Avi, IHM.

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