
Andrés Arango tiene un consejo para los fieles del sur de Nueva Jersey en esta temporada de Cuaresma: “oremos más, pero oremos mejor”.
Este fue uno de los muchos mensajes que Arango, delegado del Obispo para el Ministerio Hispano y director diocesano de evangelización, transmitió durante dos noches de reflexión organizadas por la Parroquia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Galloway. “Cómo reflejar a Jesús a medida que crecemos en nuestra relación personal con Dios”, se ofreció el 15 de marzo en español en la Iglesia de San Nicolás, en Egg Harbor, y el 9 de marzo en inglés en la Iglesia de la Asunción.
En su presentación, Arango habló de Jesús, la oración, la espiritualidad y el testimonio Cristiano, en gran medida a través de su propio testimonio. Al comprender que una “vida de oración es el hábito de estar en la presencia de Dios y en comunión con Él”, como el Catecismo de la Iglesia Católica enseña, “podemos transformar no sólo nuestra vida, sino la de los demás”, explicó.
A través de diferentes tipos de oración, como adoración, petición, intercesión, acción de gracias y alabanza, y expresiones de la oración, ya sea vocal, meditación cristiana o contemplación, uno puede escuchar más atentamente la voz de Dios y “encontrar una relación personal con Él y comprender lo que Él quiere en nuestras vidas”.
Una práctica de oración efectiva para Arango, y que él recomienda a otros, es encontrar un lugar tranquilo lejos de todas las distracciones, programar en un cronómetro 15 minutos y “simplemente sentarse con Dios… quien habla en silencio… y escuchar su voz para calmar nuestras almas”.
Jesús, continuó, “es el testigo perfecto de la oración”. Mas aún, el propio testimonio de María ayudó a su Hijo a aprender a orar a su Padre Dios. Al igual que María y Jesús, aprender a orar no solo puede ayudar a la vida espiritual de uno mismo, sino también difundir la santidad a los demás. “En la oración dialogamos con Dios, y con las acciones… lo transmitimos a los demás”.
Es este testimonio el que puede fomentar la espiritualidad cristiana en nuestros hogares y comunidades, continuó Arango.
“Ser cristiano es ser parte de una comunidad”, dijo, y agregó que las primeras comunidades cristianas eran familias que se reunían en sus hogares. Incluso Jesús desarrolló esta práctica de compañerismo con sus apóstoles y discípulos, quienes crecieron juntos en la fe y el amor a pesar de sus diferencias.
Es en este compromiso con los demás, en conocerlos y compartir “nuestras luchas y bendiciones”, donde se vive el llamado a la santidad, siendo así testigos de Jesús como vasos del Evangelio, dijo.














