
Durante nuestra peregrinación diocesana a Tierra Santa el pasado Febrero, muy temprano en la oscuridad antes del amanecer, nuestro grupo caminó y rezó las catorce Estaciones del Vía Crucis. Nuestro viaje por las estrechas y escarpadas calles adoquinadas de Jerusalén terminó en la Basílica del Santo Sepulcro. Dentro de la Basílica se ubica el Gólgota donde el Señor murió en la Cruz y también el sepulcro donado por José de Arimatea, en cual el cuerpo de Jesús fue enterrado y del cual El resucitó esa primera mañana de Pascua. Durante siglos, se han construido capillas alrededor de estos dos sitios dentro de la Basílica del Santo Sepulcro, que se considera el santuario Cristiano más sagrado del mundo. Allí tuvo lugar la salvación del género humano por Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios, Su Crucifixión y Muerte en la Cruz y Su Resurrección de entre los muertos.
Luego de ingresar a la Basílica, subimos empinados escalones para venerar el lugar donde Nuestro Señor murió en la Cruz. De rodillas oramos con profunda fe en esa oscura capilla donde una vez estuvo la Cruz del Señor y donde Él murió. Luego bajamos del Calvario y encontramos nuestro camino alrededor de la enorme Basílica hasta la tumba en la que el cuerpo de Jesús fue depositado después de Su muerte en la Cruz. Allí ofrecimos una Misa; qué experiencia tan emocionante la de estar donde el cuerpo del Señor había sido colocado después de Su muerte. La tumba estaba vacía en la primera Pascua cuando Cristo resucitó del lugar de los muertos.
Tuve el privilegio de ser el principal celebrante de esa Misa que se ofreció dentro de la tumba, en una losa de mármol colocada sobre la tumba. Los sacerdotes concelebrantes se colocaron directamente afuera en una pequeña antecámara y nuestro grupo de peregrinos estaba sentado frente a la tumba. La comunidad de Frailes Franciscanos que cuidan el Santuario se unió a nosotros para cantar la Misa de la madrugada. Las Escrituras fueron proclamadas en el exterior, frente a la tumba. Desde el Ofertorio de la Misa hasta el Rito de la Comunión, el Diácono Jim Hogan y yo estuvimos dentro de la tumba y los concelebrantes en la antecámara. Las lámparas de velas colgantes decoradas emitían una luz sombreada que se dispersaba alrededor del techo abovedado para crear una atmósfera tenue dentro de la tumba.
El Diácono y yo estábamos apretujados en ese pequeño espacio donde el poder de Dios se mostró en todo su poder divino en esa primera mañana de Pascua cuando Cristo resucitó de la muerte a la vida. Fue una experiencia espiritual emocional el ofrecer la Misa en el lugar de sepultura y resurrección de Jesús. Al concluir la Misa, cada peregrino de nuestro grupo entró en la tumba para venerar el lugar donde Jesús fue enterrado y de donde resucitó de entre los muertos. Para cada uno de ellos también fue una experiencia emocional y espiritual el estar en el mismo lugar donde las cadenas de la muerte no pudieron retener al Hijo de Dios. Esas cadenas fueron rotas por el poder de Dios, quien venció a la muerte en la resurrección de Cristo.
Los recuerdos de nuestros seres queridos que han muerto inundaron nuestras mentes, pensamientos y corazones. Me sentí, como nunca antes me había sentido, tan conectado con ellos en Cristo, cuyo cadáver se había puesto en esa tumba de la Él que resucitó. Mientras oraba esa Misa las palabras del ángel a las mujeres que vinieron a la tumba para ungir el cuerpo de Jesús, “¿A quién estas buscando? Él no está aquí. Él ha resucitado de entre los muertos”, se repetían en mi cabeza. La muerte no pudo retener ni extinguir a Cristo ni a los que han muerto en El.
Jesús murió; Jesús fue sepultado; ¡Jesús resucitó! Este es el Misterio Pascual que compartimos a través del bautismo. La muerte no tuvo poder sobre Él. ¡¡Aleluya!! Él Vive. ¡¡Aleluya!! Su tumba está vacía. ¡¡Aleluya!! Esta verdad de nuestra fe se hizo realidad durante nuestra peregrinación a la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén.
Que esta verdad cobre vida para ti, en esta Pascua. Es la confesión central de nuestra fe Cristiana, Jesús pasó de la muerte a la vida. Él fue visto por Sus discípulos en una variedad de apariciones a ellos. Esos encuentros con el Señor Resucitado cambiaron radicalmente ese grupo incongruente de apóstoles y discípulos en Sus testigos convencidos. Estos testigos, con gran celo, incluso frente a las persecuciones, llevaron la historia de la muerte de Jesús en la Cruz y la Resurrección de entre los muertos al mundo que los rodeaba.
La tumba vacía de Jesús nos invita a salir de dife-rentes tipos de oscuridad que pueden envolver nuestras vidas. La tumba vacía nos recuerda que se puede escapar de tal oscuridad; ellas pueden ser convertidas en experiencias de luz; ellas pueden ser abandonadas y superadas. Jesús resucitó y nosotros resucitamos en Él. Nosotros podemos superar los sufrimientos, dolores, lágrimas y decepciones de la vida. Y, en el último día, podemos superar la muerte. La resurrección es una garantía de lo que vendrá y una promesa de que todas las tumbas estarán vacías algún día. Este es el misterio de la fe que celebramos el Domingo de Pascua y durante los cincuenta (50) días del Tiempo de Pascua.
Una Bendecida Pascua para cada uno de ustedes. Que la alegría de este Día Festivo y la Temporada de Pascua llegue a sus vidas y, de hecho, al mundo entero. Que la Pascua les traiga Nueva Vida y Esperanza. La Nueva Vida que Cristo tomó cuando El resucitó de esa tumba y la Esperanza que Su muerte en la Cruz y la Resurrección de esa tumba nos ofrece a nosotros. Él Vive. Es Pascua.














