En las últimas semanas, mientras observaba mi aniversario de oro de la ordenación al sacerdocio, del 29 de Mayo de 1971 al 29 de Mayo de 2021, varias personas me han preguntado acerca de estos 50 años. La verdad de la frase latina Tempus Fugit (El tiempo vuela) es mi experiencia. En respuesta a estas preguntas, decidí escribir una reflexión sobre los últimos cincuenta años de mi sacerdocio. Aparecerá en el STAR HERALD en unas varias publicaciones.
Esta es la número 1: el comienzo.
A pesar del rápido paso de cincuenta años, recuerdo el día de mi ordenación como si fuera ayer. Temprano en una gloriosa, soleada y templada mañana de Sábado en la primavera, mis 18 compañeros y yo fuimos transportados en autobús desde el Seminario en Yonkers a la Catedral de San Patricio en Manhattan para la Misa de Ordenación a las 9 am celebrada por Su Eminencia el Cardenal Terence Cooke, Arzobispo de Nueva York.
Nos revestimos por última vez con estolas de Diácono y nos dirigimos con orgullo por el largo pasillo principal de la Catedral hacia lo desconocido: la vida para siempre como sacerdote. Entre los rituales memorables de la Misa de Ordenación para mí están la postración en el frío suelo de mármol del santuario mientras se invocaba a los Santos de Dios; arrodillarse ante el Cardenal para la imposición de manos, seguida de la imposición de manos de cerca de 200 sacerdotes; la vestidura con estola y casulla. El padre John Downes, QEPD, el pastor de mi asig-nación de diaconado quien ha tenido un efecto en mí que me cambió la vida, me vistió con el amor de un hermano con vestimentas sacerdotales. No pude evitar pensar mientras estaba frente a mí que si yo pudiera ser una décima parte de lo que él era como un sacerdote que amaba y servía a los pobres; siempre disponible para la gente; un hombre gigante en gentileza de quien rezumaba la santidad sacerdotal. Posicionado alrededor del Altar Mayor para la Plegaria Eucarística y extendiendo mi mano hacia el pan y el vino para las palabras de consagración. Cincuenta años después, esos momentos de la Misa de Ordenación todavía me acompañan.
La primera bendición sacerdotal para mi madre que se arrodilló ante mí con gran dignidad con una amplia sonrisa en su rostro a pesar de su corazón adolorido por mi papá que se había ido a Dios y no estaba con ella. Mi madre Irlandesa cuya educación formal terminó en el tercer grado; que a los 12 años se fue a trabajar como sirvienta en un castillo cercano de la nobleza Británica; quien con su hermana fue enviada a Nueva York a los 19 años para enviar dinero a casa para mantener a sus 10 hermanos y hermanas. ¡Yo debería haberme arrodillado ante ella! Bendiciendo a mis hermanos y hermana; a mi tía Mae y mi tío Luke, nuestros únicos parientes en Estados Unidos, sobrinas, sobrinos, primos y amigos de la infancia.
El regreso al seminario para la comida festiva. Cuando entramos en el refectorio los recién ordenados, la schola cantó Ecce Sacerdos Magnus, He aquí el Sumo Sacerdote. Primeras bendiciones para los seminaristas, algunos de los cuales eran mis mejores amigos. Más tarde en la tarde conduciendo por el puente George Washington hasta la casa de mi hermano en Hackensack, donde la familia se había reunido después de la Ordenación. ¿Quién hubiera imaginado que algún día viviría y sería un Obispo de Nueva Jersey?
Los teólogos enseñan que se produce un cambio ontológico en el hombre ordenado sacerdote. Puedo dar fe de ello. Desde ese día, sentí algo diferente en mí y sobre mí. Soy un sacerdote de Jesucristo. Este niño del Bronx puede actuar “in persona Christi”, en la misma persona de Cristo. Puedo hacerlo a EL presente en la tierra. Después de 50 años, ese cambio interno se sigue sintiendo. Soy la misma persona con mis debilidades y pecados humanos, pero soy un sacerdote de Jesucristo.
Al día siguiente, mi Primera Misa en la iglesia parroquial donde fui bautizado; hice mi Primera Comunión; fui confirmado; asistí todos los domingos; donde fui a la escuela parroquial; serví como monaguillo. La iglesia estaba llena. El predicador era un profesor del Seminario que fue uno de los mejores pedagogos que jamás haya experimentado. Su tema de Pentecostés: el sacerdote como constructor de puentes, pontifex, el conector entre Dios y el hombre como lo es el Espíritu Santo, el conector entre Jesús y Su Iglesia. En el salón parroquial siguió un tipico ceili irlandes. Música en vivo y baile, mucho para comer y beber, cientos de personas y se prolongó hasta altas horas de la noche. El Lunes fue Memorial Day (Día Conmemorativo), Un Día festivo.
Pocos días después de la ordenación, el Cardenal me dio mi primera asig-nación sacerdotal que fue para la Arquidiócesis de Santiago en la República Dominicana. Esperaba que me enviaran a Puerto Rico, que era la práctica de la Arquidiócesis. Yo y dos compañeros fuimos valientemente a esa isla caribeña y nos reunimos con el Arzobispo que me asignó a la parroquia de Tenares en la región del Cibao del país. El párroco de esa parroquia se estaba recuperando de una operación. Estaría allí solo para atender las necesidades pastorales de la gente. Además de la iglesia principal de la ciudad, la parroquia incluía 11
capillas en las afueras de la ciudad, ¡a una de las cuales se llegaba en un burro!
Había recibido clases de Español pero no era bilingüe. En el día a día de la vida como sacerdote en esa parroquia, aprendí rápidamente cómo comunicarme realmente en Español. Además, aprendí a comer alimentos a los que no estaba acostumbrado; ducharme con agua de lluvia fría; dormir bajo una red para mosquitos, estar sin electricidad la mayor parte del día; no tener comunicación con casa; sumergirme en una cultura desconocida y, sobre todo, aprender a amar a un pueblo que no era el mío por nacionalidad o raza, pero eran el mío por la Ordenación Sacerdotal. Como San Patricio que no era Irlandés pero fue enviado por Dios a los Irlandeses entre los que caminó con amor y los llevó a Jesús y a la Iglesia. La gente de la parroquia de San Antonio en Tenares me cuidó con tanto cariño, su “Padrecito el Gringo”, que nunca me sentí solo, más bien amado y necesitado. Yo era su Sacerdote.
Experimenté una iglesia diferente a la iglesia en los Estados Unidos. Una iglesia que se adaptaba agresivamente a los cambios del Concilio Vaticano II; una iglesia con pocos sacerdotes; capacitando a los laicos para que asumieran responsablemente su papel apropiado como iglesia. La sencillez de la gente, especialmente en los campos. Una vez en una homilía me referí a la Caminata en la luna (The Moon Shot) y la congregación se puso a reír histéricamente. Pensaron que me lo estaba inventando. “Nadie camino en la Luna”. Nadie ha caminado sobre la luna. Tan aislados del mundo estaban, pero tan conectados con Jesús y con Su iglesia. En estudios teológicos aprendí que la iglesia es Una; en Tenares experimenté su unidad.
Hice todo lo posible para aprender el idioma, las costumbres y la historia del país. Disfruté de su música; absorbí su cultura e incluso baile Merengue. Las reuniones de Fiesta en las casas de los feligreses me recordaban las reuniones de todos los Sábados en las casas de los amigos de mis padres donde se cantaba, bailaba, bebía, reía y conversaba. La diferencia era el idioma, el Español, no el Inglés con acentos Irlandeses; no música Ceili (música tradicional irlandesa) sino ritmos Latinos y nada de sándwiches de jamón con mantequilla sino arroz con pernil.
Cuando la noticia de la Arquidiócesis llegó con la fecha en la que se esperaba que yo que regresara, no quería irme. Regresé a Nueva York como un sacerdote que había probado las misiones de la Iglesia; la pobreza del tercer mundo; las ricas expresiones del Catolicismo Hispano y la belleza de otra cultura. Estas han sido luces de guía para mis 50 años de servicio como sacerdote. Después de esa experiencia como un sacerdote recién ordenado, estaba más preparado para ser párroco que cuando completé la formación en el seminario (continuará).














