
Para la hermana María de Jesús Herrera Cepeda, Misionera Hija de la Purísima Virgen María, hablar de los inmigrantes y los migrantes es también hablar de su propia historia.
Desde muy pequeña, fue testigo de la experiencia de su padre migrante, que viajaba año tras año desde Durango (México) hasta California en busca de mejores oportunidades para su familia.
“Creo que Dios me preparó desde mi infancia”, recuerda. “Desde muy pequeña aprendí que emigrar a menudo significa dejar atrás lo que nos es familiar en busca de algo mejor para la familia. Lo vi en mi propio padre y, con el paso de los años, llegué a comprender que Dios estaba preparando mi corazón para caminar junto a los demás”.
Cuando llegó por primera vez a Estados Unidos para continuar sus estudios, la hermana María se sintió sola. No hablaba inglés, por lo que no podía comunicarse con quienes sí lo hacían. Admite que su aspecto físico no delataba que fuera hispana, por lo que quienes hablaban español la pasaban por alto.
“Me enfrenté a la discriminación de ambos grupos”, afirma. “Hubo momentos en los que pensaba: ‘¿Dónde encajo? ¿Con quién puedo hablar?’ Esa experiencia de sentirme diferente me ayudó más tarde a comprender mejor a las personas que llegan [a un nuevo país] y no saben dónde encontrar un espacio seguro. Puedo recordar e imaginar por lo que están pasando”.
Al reflexionar sobre su labor al servicio de las comunidades de migrantes e inmigrantes, sabe de primera mano cómo estas pueden enriquecer a la Iglesia.
Todo el mundo, dice, “tiene derecho a buscar una oportunidad mejor en la vida”.
Lecciones de los niños
La hermana María lleva 19 años en Estados Unidos, 13 de esos años en la Diócesis de Camden. Antes de llegar al sur de Nueva Jersey, pasó seis años prestando servicio en la Diócesis de Yakima (Washington), donde también estudió inglés. Más tarde trabajó en un proyecto llamado “Nuestra Casa”, acompañando a mujeres migrantes a través de la formación, la educación, el apoyo psicológico y las clases de inglés.
En la Diócesis de Camden, una de sus primeras experiencias fue trabajar como auxiliar de primer curso en la escuela San Pedro de Merchantville. Allí descubrió que los niños podían ser los mejores profesores de inglés.
“Los alumnos de primer curso me ayudaron mucho”, afirma con una sonrisa. “No tenían miedo de corregirme. Me enseñaban con tanta naturalidad que aprendí de ellos”.
Esa experiencia también reforzó su deseo de servir allí donde se encuentre la comunidad migrante. Durante los últimos 12 años, ha sido en la parroquia de la Santa Cruz, en Bridgeton.
“Pensaba que venía aquí para enseñarles o ayudarles, pero a menudo son ellos quienes acaban enseñándome a mí. Me han enseñado a ser paciente, a confiar y a seguir adelante incluso cuando las circunstancias son difíciles”, afirma.
La hermana María dice que admira la fortaleza, la fe y la solidaridad de las familias que, incluso ante grandes dificultades, permanecen unidas. “Esa dignidad de ser hijos de Dios es lo que les sostiene y los anima a seguir afrontando los retos de la vida”.
En la actualidad, la hermana María dedica más tiempo a la oficina parroquial y a acompañar a las familias a través de la catequesis; reconoce que los niños suelen experimentar de forma indirecta lo que viven sus padres: el miedo y la inseguridad debidos a su situación migratoria, la tensión constante en casa por las dificultades económicas, la preocupación por el futuro y el proceso de inmigración.
“A veces los niños no hablan de lo que están pasando, pero se les nota en los ojos, en su comportamiento, en la forma en que buscan cariño”, explica. “Por eso es tan importante que tengan un lugar donde puedan sentirse a gusto, escuchados y queridos”.
Su misión, por lo tanto, es estar presente y ofrecer un espacio seguro donde puedan, sencillamente, ser niños.
“Puede que no sea capaz de resolver lo que está pasando en sus familias, pero puedo brindarles un momento en el que se sientan queridos”, afirma. “A veces, una sonrisa, un abrazo o simplemente escucharlos puede significar mucho para un niño”.

Dolor, pero esperanza
Acompañar a los demás también implica reconocer sus propias limitaciones. La hermana María admite que a menudo se siente impotente ante el miedo y la incertidumbre que atraviesan las personas a las que atiende. Sin embargo, ha aprendido que su misión no siempre consiste en encontrar soluciones, sino en permanecer al lado de quienes están pasando por dificultades.
“Hay momentos en los que desearías tener una solución para todo, pero no la tienes. Y eso también forma parte de estar ahí para alguien. He aprendido que no siempre tengo que resolver el problema; a veces solo tengo que estar ahí”, afirma.
Entre las experiencias que más huella le han dejado, recuerda una que tuvo lugar hace poco más de un año en un tribunal de inmigración de Newark. Ese día, la hermana María acompañaba a una familia a una vista de inmigración para ofrecerles apoyo espiritual.
Estaba con un padre de familia y su esposa, quien estaba embarazada de seis meses, y con un hijo de 5 años. Mientras estaban en el ascensor del edificio, arrancaron al hombre de los brazos de la hermana María y, literalmente, se lo llevaron de su lado.
“Esta familia confiaba en mí y quería sentirse segura. Nunca imaginé que … viviría una situación tan dolorosa. Cuando se llevaron al padre, me sentí totalmente impotente”, recuerda. “De verdad, con todo mi corazón, espero no tener que volver a pasar por algo así nunca más”.
A partir de esa experiencia – y de otras también – la hermana María sabe que hay lecciones que aprender y verdades que recordar: que el amor vence al dolor y que hay que depositar la confianza sólo en Dios.
La hermana María invita a cada persona y a cada familia a discernir sus decisiones a través de la fe en Dios. “Nuestra dignidad humana es intocable ante Dios. Vayamos donde vayamos, Dios estará con nosotros”.
Cuando se le pregunta por su propia fortaleza, ella responde con humildad: “Ser fuerte es lo último que siento que soy”.
“Por encima de todo, gracias a Dios, porque esta comunidad me está enseñando muchísimo y me refleja cada vez más el rostro de Dios que camina con nosotros”.















