Que tengan una Bendecida Pascua

Que tengan una Bendecida Pascua

El sepulcro de Jesús, del cual resucitó de la muerte a la vida, se encuentra en Jerusalén en la Basílica del Santo Sepulcro, construida por el Emperador Romano Constantino en el siglo IV. Una capilla en la Basílica alberga la tumba donde fue puesto el cuerpo de Jesús después de su muerte en la Cruz.

Conocida como el Edículo, este lugar sagrado es visitado por peregrinos en la Tierra Santa, y como tal, recientemente ha pasado por una muy necesaria restauración. Construido en el siglo XII, este lugar sagrado mostraba signos de un deterioro significativo, al igual que la losa de mármol que cubre el suelo en el que fue enterrado el cadáver del Señor, según las costumbres Judías de Palestina del primer siglo.

Este sitio es un importante recordatorio de lo que le sucedió a Jesús en esa primera mañana de Pascua como se narra por los testimonios de las Escrituras y de los testigos de la tumba vacía. Él fue visto vivo. Resucitado de entre los muertos. Fuera de esa morada funeraria. El Jesús resucitado es tan real como era el Jesús humano, pero su vida Resucitada es una nueva forma de vida. Esa vida Resucitada se comparte con nosotros en el Bautismo y es nuestra esperanza de vida eterna. Una vida en Cristo ahora y para siempre. Podemos decir que hemos resucitado con Él; nosotros podemos cantar Aleluya por su Resurrección y por nuestro Nacimiento a una Nueva Vida en Él.

Muchos signos de Pascua se usan para referirse a la nueva vida dada a Cristo en su Resurrección y compartida con nosotros a través de los Sacramentos. La belleza de las flores de primavera que señalan la tierra despertando de su sueño invernal. Lirios en forma de trompetas anunciando a todo volumen el despertar de Jesucristo de su sueño de la muerte. Huevos cuyos polluelos rompen la cascara para salir, una analogía de Cristo rompiendo los confines de su tumba. Conejos hembras y machos, prolíficas criaturas, que simbolizan la abundancia de la nueva vida ofrecida a nosotros por la Resurrección de Jesucristo. Y por supuesto, los corderos, ya que Él es el Cordero de Dios sacrificado en la Cruz por nuestra salvación.

La Pascua habla a la muerte su palabra de vida. La Pascua rompe tumbas erigidas por el pecado, el odio y la oscuridad. La Pascua se desborda con una nueva vida en nuestras vidas. La Pascua eleva su Cruz, pero no en la ignominia. Más bien, como el signo victorioso de nuestro Cristo y los cristianos que comparten en Su victoria.

La Pascua significa que la vida siempre es posible – el poder de Dios puede remover las piedras en nuestras vidas. El poder que levantó a Jesús a la vida. El poder que nos puede liberar de estar atrapados por cualquier oscuridad. Como lo hicieron María Magdalena, Pedro y Juan, así también nosotros nos asomamos a la oscuridad, ya sea en nuestras vidas o en el mundo y vemos que Cristo nuestra Luz ha Resucitado y que podemos levantarnos con Él. La Pascua significa que debemos dejar a un lado nuestros paños funerarios. No tenemos necesidad de ellos. En el Bautismo fuimos revestidos en Cristo. Vestidos por Dios que nos envuelve en el poder de la Resurrección de su Hijo.

Visitar la Basílica del Santo Sepulcro en Jerusalén y orar en la tumba restaurada del Señor es una gracia especial. Sin embargo, el misterio de la Pascua no se limita a esa tumba vacía. Mientras que ese sitio es sagrado, nuestra confesión central de la fe Cristiana es que Cristo ha Resucitado de entre los muertos. Él vive.

Que ustedes, sus familias y seres queridos sean tocados por la belleza, la libertad y la bondad de su resurrección. Que Aquel a quien ninguna cruz logró detener, ni una tumba contener este con ustedes.

Que tengan una Bendecida Pascua.

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