
Un mosaico del siglo XII en el aspe de la Basílica de San Clemente en Roma representa la Cruz del Señor como un Árbol de la Vida. El mosaico es una obra de arte impresionante, majestuosa y colorida cuyo punto central es Cristo en la Cruz. Una cruz que nace de un árbol y está rodeada de exuberantes enredaderas entrelazadas.
La cruz genera vida para todos los que están representados en el mosaico: mujeres, hombres, obreros, pastores, agricultores, monjes, constructores, santos y otros involucrados en una variedad de actividades humanas. Todos están envueltos en las extensas ramas del árbol y todos están conectados por las enredaderas. Todos están reunidos alrededor de la Cruz del Salvador que reconcilia a la humanidad e incluso a la creación con el Padre. El mundo de la naturaleza está representado con impresionantes imágenes de pájaros, cestas de frutas y animales.
Esa imagen del Árbol de la Vida me viene a la mente mientras reflexiono sobre la Semana Santa que acabo de pasar la cual fue un ejercicio bastante espi-ritual mientras viajaba a diferentes parroquias de la diócesis para las celebraciones litúrgicas. En cada parroquia experimenté poderosas liturgias. Experimenté al Señor de la Cruz.
La atención en los detalles de las ceremonias, música hermosa, ministros litúrgicos bien preparados, lectores competentes, buen gusto en la decoración del santuario, hablan del ministerio de cada párroco para dar lo mejor a sus feligreses y para dar gloria a Dios a través de la oración de la Iglesia.
Mi viaje de Semana Santa fue así: Domingo de Ramos, San Vicente de Paúl, Mays Landing; la Misa Crismal, Nuestra Señora de la Esperanza, Blackwood; Jueves Santo, Misa de la Cena del Señor, San Simón Stock, Berlín; Viernes Santo, procesión latina por las calles y Liturgia de la Pasión y Muerte del Señor, San Damián, Ocean City; la Vigilia Pascual, la Catedral de la Inmaculada Concepción, Camden, y el Domingo de Pascua, Niño Jesús, Woodbury Heights.
Cada liturgia fue enfocada en la Cruz del Señor y el Misterio de la Salvación. Los fieles que partieron de la misa del Domingo de Ramos llevaron la palma bendecida como recordatorio de la entrada triunfal del Señor a Jerusalén, donde El murió en la Cruz. El Sagrado Crisma que fue consagrado y los Aceites Santos que fueron bendecidos para uso en los Sacramentos y otros rituales de unción fueron aplicados por el ministro con la Señal de la Cruz. En la Última Cena, Jesús dio como recuerdo de su muerte salvadora, la Sagrada Eucaristía. La comunidad Latina en las calles de Ocean City dio testimonio del Salvador Crucificado mientras oraban públicamente y recreaban el Vía Crucis. Los fieles, incluidos ancianos y niños, se acercaron con reverencia y se inclinaron ante el leño de la cruz en la liturgia de la Pasión y Muerte del Señor. Los catecúmenos y candidatos de la Parroquia Catedral fueron marcados con la Señal de la Cruz. Los aleluyas jubilosos cantados con entusiasmo el Domingo de Pascua por los feligreses del Niño Jesús, sonaron la victoria de Dios en Cristo, una victoria lograda a través de la Cruz.
El Señor murió en la Cruz por nosotros. No por su propio bien. Jesús voluntariamente dio su vida para reconciliarnos con el Padre. El aceptó su ignominia para obtener la salvación eterna para nosotros. Su ofrenda se perfeccionó en su Resurrección a la vida cuando escapó de las garras de la muerte y salió de la tumba. Cristo ha resucitado. Dios triunfa. El signo de la Salvación es la Cruz.
No creo que ninguno de nosotros tengamos que ir a buscar cruces. Nosotros experimentamos muchas de ellas en nuestras vidas. A veces pueden resultar agobiantes. Son personales, familiares, sociales y comunitarias. Los retos son para crecer en nuestra comprensión de ellas como dadoras de vida y para permitir que nos acerquen a Jesús. Las cruces no son actos de Dios para vengarse de nosotros.
El Evangelio nos enseña que Cristo tuvo que sufrir y resucitar de entre los muertos para entrar así en su gloria (Lc. 24, 46). Lo mismo ocurre con cada Cristiano para quien el modelo es el mismo que el modelo de Cristo. El patrón es de muerte a vida.
Al celebrar esta Pascua, lo hacemos bajo el signo de la Cruz. Sí, es Pascua, pero la Pascua le sigue al Viernes Santo. El Señor ha Resucitado, pero el Señor Resucitado está herido por lo que sufrió en la Cruz. Mientras viajamos hacia la Resurrección, cargamos nuestras cruces como el Señor llevó la Suya. Que sean vivificantes y envolventes y nos conecten con Él, el Señor de la Cruz.
Una historia sobre Simón de Cirene, que fue sacado de entre la multitud para ayudar a Jesús a cargar la cruz, relata que mientras Simón caminaba con Jesús, su tarea se hizo más liviana. Cuando quitó su mirada de Jesús frente a él y miró a su alrededor, se dio cuenta de que estaba cargando una cruz. Simón pensó que estaba ayudando a Jesús a cargar la cruz, pero la verdad de la que se dio cuenta fue que Jesús lo estaba ayudando a cargar la Cruz. Mantengamos la mirada fija en el Señor de la Cruz que nos ayudará a llevar la nuestra.














