Durante el 11 de Septiembre, la fuerza se encontró en la generosidad, el sacrificio

Grabados en mi corazón y en mi mente están los recuerdos de lo que experimenté el 11 de Septiembre de 2001 y en los meses posteriores.
Cuando levanté la patena en el ofertorio de la misa y comencé la oración sobre el pan, se escuchó un fuerte estruendo. Estábamos en la iglesia inferior de Santa Teresa, Manhattan, mientras la iglesia superior estaba siendo renovada. Todos se sorprendieron y miraron hacia arriba como si algo hubiera sucedido encima de nosotros. Le aseguré a la congregación que el ruido venía de afuera y que estábamos a salvo. Unos minutos más tarde, los sonidos penetrantes e incesantes de las sirenas de los carros de policía, ambulancias y camiones de bomberos estaban a todo volumen.
Mientras daba la bendición final, mi secretaria apareció en la puerta y gritó que una de las torres del World Trade Center estaba en llamas. Salimos rápidamente y vimos la impactante vista. Unos minutos más tarde, un avión apareció en el cielo y voló hacia la segunda torre. Se escuchó una cacofonía de gritos de los que estaban en la calle, como también oraciones.
Una hermana Cabrini de edad mayor que estaba a mi lado me tomó de la mano y dijo: “Monseñor, esto es la guerra”. En ese momento, poco sabíamos ella o yo la verdad de sus palabras. Para obtener una mejor comprensión de la catástrofe, nos subimos a la azotea del convento y vimos decenas de vehículos emergencia precipitándose sobre el puente de Brooklyn hacia Manhattan. Mientras miramos las torres en llamas en estado de conmoción, nos dimos cuenta de que había personas en las ventanas, y luego de que algunas de ellas caían. “Jesús, ten piedad. Jesús, ten piedad”, rezaba una de las hermanas. Nos unimos a la letanía.
El personal de mi parroquia se organizó rápidamente cuando cientos de personas cubiertas de ceniza y polvo corrieron por Henry Street para escapar del bajo Manhattan. Instalamos estaciones en la calle para lavar los ojos y los oídos y peinar los escombros del cabello de la gente. Todos querían hacer una llamada telefónica. En aquellos días, los teléfonos móviles eran una rareza. Entre la rectoría y el convento, pusimos a disposición cinco teléfonos. Otros querían sentarse en el silencio de la iglesia; muchos lloraban; algunos estaban histéricos; otros actuaron como zombis. El agua y los baños tenían una gran demanda. Algunos pidieron algo de comer; muchos estaban enfermos del estómago. Todos pedían indicaciones para salir del área. La policía recorría las calles de la parroquia e instaba a la gente a mantener la calma.
Calma en medio del caos
Había mucha confusión en la estación del metro East Broadway ubicada frente a la iglesia. El sistema de metro se había cerrado y multitudes de personas empujaban y empujaban. Dimos apoyo a la policía, que estaba haciendo todo lo posible con el control de multitudes. El padre Alfredo, el párroco asociado, se unió a dos sacerdotes de la parroquia vecina que se dirigían hacia el infierno mientras la multitud corría en dirección contraria.
Iba a unirme a ellos cuando recibí una llamada del administrador del centro cercano de enfermería especializada con 250 camas, del cual yo era capellán. Me suplicó que viniera lo antes posible, ya que estaba teniendo problemas con el personal. Fui de inmediato a la instalación y me encontré con una escena de histeria, no por parte de los pacientes enfermos y ancianos, sino por parte de algunos miembros del personal que querían llegar a sus familias, a sus hijos y estar lejos del área. Pero, no había salida excepto a pie.
Cuando regresé a la rectoría, había una multitud aún mayor a la que estaban asistiendo: los que habían escapado del bajo Manhattan, corrieron por la Parte Este y se encontraron en Santa Teresa. Una nota que recibí de uno de los que encontraron un respiro en la iglesia da una idea de lo que muchos experimentaron:
“Busqué refugio entre sus muros el 11 de septiembre. Vi a un sacerdote extenderme la mano, guiándome hacia las voces de mis padres aliviados y agradecidos al otro lado del auricular, y me derrumbé en los brazos de una monja, que lloró conmigo y no me soltó hasta que estuviese segura de que podía sostenerme por mi cuenta”.
Esa tarde, los dos párrocos de la iglesia de San Pedro, la parroquia más antigua del estado de Nueva York, en la calle Barclay, contigua al World Trade Center, llegaron a la rectoría porque las autoridades no les permitían regresar a la suya. Se quedaron una semana. Ambos estaban en la plaza cuando los edificios se derrumbaron.
(Andres, en el siguiente párrafo no se que quiere decir P.S.2, no se si quiere decir escuela de parroquia? Asi lo traduje)
P.S.2 La escuela de la parroquia estaba ubicada directamente enfrente de la iglesia, y el director despidió a los estudiantes con los padres que pudieron llegar a la escuela. Muchos miembros de su facultad y personal no pudieron irse porque las calles, puentes, avenidas y transporte público estaban cerrados. Lo ayudamos a organizar una sala de espera segura y supervisada para los niños. Para muchos, era de noche antes de que sus padres pudieran recogerlos.
Los niños de la parroquia que asistían a las escuelas católicas de la zona caminaron en grupos de regreso a la iglesia, donde sus autobuses normalmente los dejaban; los niños mayores eran responsables de los más pequeños. A pesar del caos, los niños formaron filas disciplinadas para caminar. Hubo mucha emoción cuando llegaron sanos y salvos a la iglesia y cayeron en los brazos de quienes estaban allí para recogerlos.
A las 5 p.m., la escena comenzó a calmarse. Todas las tiendas del barrio cerraron; muchos no volvieron a abrir durante una semana. Alrededor de las 6 p.m., perdimos el servicio de computador, teléfono y fax, ¡hasta Enero de 2002! A las 9 p.m., el Ejército de los EE. UU. Comenzó a instalar un campamento en las calles alrededor de la iglesia. Si bien su presencia era tranquilizadora, también era aterradora.
Luz en la oscuridad
Una exposición de arte Barroco y Románico de las provincias españolas de Castilla y León se exhibió a finales de otoño de 2002 en la Catedral Episcopal de Nueva York, San Juan el Divino. La exposición se tituló “Tiempo de Esperanza” y fue creada para ayudar a los que sufrieron después del 11 de Septiembre. Se reunieron obras maestras del arte Cristiano para recordar a los de la fe Cristiana que, en medio de las tribulaciones y la oscuridad, una luz que es Jesucristo guía el camino.
Su ministerio, predicación, vida, Muerte y Resurrección son como una llama que quema la esperanza en el alma de un creyente.
En dos ocasiones visité esa exposición y la encontré reconfortante y fortalecida en mi fe, que había sido desafiada por los eventos del 11 de Septiembre. Pregunté, al igual que otros, “¿Dónde estaba Dios el 11 de Septiembre?” Este vigésimo aniversario es un momento apropiado para mirar a la fe y a la Iglesia en busca de fundamento y sanación.
Especialmente pienso en aquellos que perdieron a sus seres queridos y amigos ese día. Mujeres y hombres fueron a trabajar y fueron asesinados. Nunca volvieron a casa. ¿Quién dijo que el tiempo trae consuelo y sanación? El duelo es un proceso, y el duelo por los horrores de ese día puede ser un proceso de por vida. Guardo en mi memoria y corazón a vecinos de mi antiguo vecindario del Bronx; alumnos de mi escuela secundaria; el prometido de un amigo que murió mientras administraba asistencia médica a una víctima herida; la casa de bomberos local en Canal Street que perdió a los bomberos ese día, muchachos que conocíamos como vecinos. Acompañé a un grupo de feligreses al cuartel de bomberos para expresar nuestras condolencias, y lo único que pudimos hacer fue llorar con los bomberos.
Los estadounidenses somos ciertamente diferentes 20 años después de los ataques del 11 de Septiembre, habiendo vivido con temor esta era de terrorismo. Hace tan solo dos semanas en Afganistán, el terrorismo volvió a mostrar su odio. Esta vez contra nuestros militares estadounidenses y civiles afganos.
En mi parroquia del sur de Manhattan, a poca distancia de las Torres Gemelas, fui testigo de una terrible maldad el 11 de Septiembre. Nuestro vecindario estuvo bloqueado durante meses y se requirió prueba de residencia para entrar y salir. Muchos de nuestros vecinos, inmigrantes jóvenes asiáticos recién llegados, nunca regresaron a sus apartamentos. El olor del fuego, que ardió durante 100 días, se pudo saborear y fue peor en Octubre. A los residentes del área les irritaban los ojos y les causaba todo tipo de efectos nocivos en su salud. El polvo era tan invasivo que en Octubre el gobierno federal retiró de las ventanas todas las unidades de aire acondicionado.
También fui testigo de la bondad, la compasión y la valentía el 11 de Septiembre. A medida que esos edificios icónicos de Nueva York, símbolos de la fuerza de Estados Unidos, se convertían en polvo ante mis ojos, finalmente llegué a ver dónde se encuentran nuestra verdadera fuerza y poder. No en el comercio y las finanzas, sino en los actos de generosidad y sacrificio.
Los primeros en responder que valientemente entraron en esas torres infernales. Sus acciones nos recuerdan que estamos rodeados de héroes y heroínas, gente común, que respondieron con acciones extraordinarias; compañeros de trabajo, en las torres que esperaban para ayudar a otros en el escape del desastre y nunca salieron; la valentía de quienes intentaron adelantar a los terroristas en el avión que se estrelló en Shanksville, Pensilvania; las grabaciones de llamadas telefónicas que terminaban con las palabras “Te amo”, palabras más fuertes que el odio que destruyó vidas inocentes. Hombres y mujeres que se enfrentaban a la muerte intentaron tranquilizar y consolar a sus seres queridos mientras se enfrentaban a un mundo en colapso. En esas llamadas telefónicas, en esos socorristas, en esos compañeros de trabajo, en esos valientes pasajeros, Dios estaba actuando y presente el 11 de Septiembre.
Contra los asesinatos y el odio del 11 de Septiembre, aprendí a mirar a Jesucristo, que nos baña de luz y paz, que nos da esperanza. Me reconfortó un simple dibujo que encontré después del 11 de Septiembre.
“La vida tiene que continuar”
Dos días después del 11 de Septiembre, con el permiso de la policía de Nueva York, acompañé a los dos sacerdotes de regreso a San Pedro. Estaban ansiosos por ver el lugar. Con mascarillas y cubiertas para el cabello, cruzamos el Parque del Gobierno Municipal y estábamos hasta las rodillas en lo que había caído de las torres y los otros edificios derrumbados, efectos personales de los trabajadores. No podía imaginar que tanto odio, destrucción y asesinato tuvieron lugar en la ciudad a la que llegaron mis antepasados Irlandeses en busca de una vida mejor. Fue un viaje muy emotivo.
El techo de la Iglesia de San Pedro tenía un gran agujero causado por el tren de aterrizaje de uno de los aviones. La lluvia había entrado a cántaros y empapado los tubos del órgano y los bancos. La Iglesia fue un sitio de clasificación para los primeros en responder, y fue donde el cuerpo del Padre Mychal Judge, OFM, capellán del Departamento de Bomberos de la ciudad de Nueva York y la primera víctima mortal certificada del ataque, fue depositado con reverencia ante el altar por el (FDNY) Departamento de Bomberos de Nueva York.
Cuando el pastor miró alrededor del santuario y fue a buscar el Santísimo Sacramento, encontró una nota escrita a mano en el altar. Era de un médico que se disculpaba por cortar el mantel del altar en tiras para usarlo como vendajes en las heridas de las víctimas. El paño que cubría el Altar del Sacrificio sobre el que se colocó el Cuerpo y la Sangre del Señor se utilizó para vendar a los heridos.
Colocamos letreros de que el Domingo, la Misa se ofrecería en los escalones de la entrada de la Iglesia, ya que el interior había sido declarado escena del crimen. Se reunieron cientos de los que trabajaban en la pila. Rezamos; incluso cantamos. “No temas, yo siempre voy delante de ti”. Fue una de las mejores liturgias que jamás haya experimentado.
Se programó una boda para el Sábado. La familia de la novia eran feligreses que estaban dando gracias a Dios por que su hijo pudo escapar de la torre dos. El novio era de Canadá y estaba previsto que sus familiares llegaran en un autobús. No se permitía la entrada de vehículos a la ciudad. Las arterias principales se cerraron. Fui a la comisaría local con mi predicamento, y con la típica astucia de Nueva York, el capitán dijo: “Padre, la vida tiene que continuar. Yo me encargare de esto.” Hizo los arreglos para que el autobús con los familiares del novio fuera acompañado por la policía de Nueva York. La policía de Nueva York incluso nos llevó a mí y al padre Alfredo a Westchester para la recepción y nos llevó de regreso al bajo Manhattan.
Durante los días después del horror, familiares llegaron a la rectoría con fotos de seres queridos que nunca regresaron a casa. Algunos estaban convencidos de que la gente había escapado de las torres y estaba perdida en la ciudad. Creamos un montaje, colgamos esas fotos con cuidado y oramos con cada miembro de la familia que desesperado/a llegaba a nuestra puerta.
Poco antes de Navidad, recibí de una mujer una nota la cual venia con un generoso cheque. Recordé muy bien a su hijo. El estaba en la ciudad de Nueva York para una entrevista de trabajo el 10 de Septiembre. Le ofrecieron el trabajo y salió a celebrar esa noche, solo para ser despertado en su hotel por el caos del 11 de Septiembre. Salió corriendo en pijama y encontró ropa segura y que no le quedaba bien en Santa Teresa.
El 11 de Septiembre, mi hijo fue huésped del Hotel Marriott en el World Trade Center. Deambuló por una ciudad extraña en circunstancias aterradoras hasta que entró en Santa Teresa. Allí encontró refugio, consuelo, amistad y buenos consejos. Se quedó varias horas. Siempre recordaré y nunca olvidaré el 11 de Septiembre














