
Durante el mes de mayo, nuestra Iglesia honra a María, la Madre de Jesús, con devociones tradicionales. Por ejemplo, al concluir la Misa de apertura de la Convención anual de los Caballeros de Colón de Nueva Jersey el 13 de mayo en la Iglesia de Santa Ana en Wildwood, un grupo de niños de la Academia Católica de Wildwood que recientemente recibieron la Primera Comunión, coronaron una estatua de la Santísima Madre. La Coronación de María es una devoción tradicional Mariana que suele tener lugar en el mes de mayo.
Durante la ceremonia, la congregación cantó: “Trae flores de las más bellas, trae flores de las más raras… Oh María, hoy te coronamos con flores, Reina de los Ángeles, Reina de Mayo”. Mientras los niños, vestidos con sus galas de Primera Comunión, se acercaban a la estatua de la Santísima Madre, miré a la congregación desde el santuario y vi a algunos hombres y mujeres limpiándose los ojos. Confieso que sentí un nudo en la garganta ya que me inundaban los recuerdos de cantar ese himno y participar en las ceremonias de la Coronación de Mayo durante mi niñez. Algo sobre la inocencia y la pureza de los primeros comulgantes y algo sobre el amor materno de la Madre de Dios nos conmovió a muchos de nosotros esa mañana.
Mi madre me enseñó el Ave María antes de ir a la escuela. Rezarla junto a otras oraciones era un ritual diario a la hora de acostarse. Ella era muy devota de la Madre de Dios, y su amor por la Santísima Madre se transmitió a sus hijos. Siempre llevaba una Medalla Milagrosa. En las Confirmaciones, veo con frecuencia la Medalla Milagrosa en el cuello de las madrinas que usualmente suelen ser abuelas. La Medalla Milagrosa recuerda las apariciones de María a Santa Catalina Labouré en 1830. En el frente de la medalla, María, Reina del Cielo y de la Tierra, de pie sobre un globo terráqueo, aplasta la cabeza de una serpiente. En el reverso de la medalla, doce estrellas rodean una gran M que está rematada por una Cruz. Mi madre asistió fielmente a la Novena de la Medalla Milagrosa los lunes por la noche en nuestra iglesia parroquial. Ella tenía sus intenciones, que con devoción y fidelidad expuso ante la Santísima Madre. Sospecho que eran sobre nuestra familia.
En la escuela primaria se rezaba el rosario todos los días y se decoraba apropiadamente un santuario en el salón de clases en honor a María para cada uno de los tiempos litúrgicos. En la escuela secundaria, fui educado por los Hermanos Maristas fundados por San Marcelino Champagnat en Francia en 1855, quien nombró a su comunidad religiosa Los Hermanitos de María. Los Hermanos Maristas compartieron y enseñaron su carisma mariano a sus alumnos adolescentes. En una clase de latín de la escuela secundaria, me enseñaron el “Sub Tuum Praesidium”, que es la oración más antigua que se conoce a la Virgen María. Data del año 300 y se dirige a María como protectora en reconocimiento a su papel maternal como protectora de sus hijos. En el seminario, los profesores comenzaban cada clase recitando el “Sub Tuum” en su latín original.
“Sub tuum praesidium confugimus, sancta Dei Genitrix; notras deprecaciones ne despicias in necessitatibus; sed a periculis cunctis libera nos semper, Virgo gloriosa et benedicta.”
“Volamos a tu protección, oh santa Madre de Dios. No desprecies nuestras peticiones en nuestras necesidades, pero líbranos siempre de todo peligro. Oh gloriosa y bendita Virgen María.”
Como párroco que ministraba en la ciudad de Nueva York entre hispanos de diferentes naciones, fui testigo y me impresionó su devoción a María, la Madre de Dios, bajo una variedad de títulos nacionales. Las historias asociadas con cada una de estas imágenes nacionales de María son fascinantes. Me familiaricé con Nuestra Señora de la Providencia, (Puerto Rico); Nuestra Señora de la Altagracia (República Dominicana); Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, (Cuba); Nuestra Señora de Guadalupe, (México); Nuestra Señora de Luján (Argentina) por mencionar algunas de las devociones marianas latinas.
Normalmente, para la Fiesta de la Virgen, los feligreses organizaban grandes procesiones al aire libre con la imagen de María vestida con sus apropiadas túnicas, los fieles portando velas, rezando el Rosario y cantando himnos en honor a su Madre. Esas procesiones dieron testimonio público de su fe y amor a la Madre de Dios. Entre mis feligreses católicos chinos en Santa Teresa en Manhattan, había también una sincera devoción a Nuestra Señora de China.
Aunque María es honrada bajo muchos títulos, ella es universal y nos une como nuestra Madre. La Madre de Dios, el título más venerable y antiguo que nuestra Iglesia le ha dado a ella desde el año 421 DC en el Concilio de Éfeso.
Recientemente, el 25 de marzo, en la Solemnidad de la Anunciación, el Papa Francisco consagró Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María. El Santo Padre pidió a los obispos y sacerdotes de todo el mundo que hicieran lo mismo en respuesta a la guerra en Ucrania. La Anunciación recuerda aquel acontecimiento cuando María de Nazaret dijo: “Lo haré”, al mensaje que le llevó el ángel Gabriel de que llevara en su vientre virginal al Hijo de Dios y le diera a luz en la carne. María, la Madre de Dios, que en su vida experimentó el sufrimiento, fue implorada por la Iglesia en todo el mundo en favor de los que sufren en Ucrania y Rusia.
El Papa San Pablo VI, en “Marialis Cultus”, su Exhortación Apostólica de 1974 sobre la devoción a María, escribió: “Ella es puesta como ejemplo para los fieles por la forma en que en su vida particular aceptó plena y responsablemente la voluntad de Dios y lo hizo. Y como la caridad y el espíritu de servicio fueron el motor de sus acciones, es digna de imitación por ser la primera y la más perfecta de las discípulas de Cristo”.
María es modelo de fe, caridad y servicio. Las apreciadas devociones tradicionales a la Madre de Dios pueden inspirar nuestra fe en el Señor Jesús y nuestra caridad y servicio a todas las personas. María nos anima a ser fieles discípulos de su divino Hijo.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros.














