
Aunque el tiempo de Navidad acaba de terminar, es hora de prepararse para la Navidad de 2024, que dará comienzo al Año Santo 2025, que durará del 24 de diciembre de 2024 al 14 de diciembre de 2025.
Cada 25 años se celebra un Año Santo o Año Jubilar; el último, sin contar el Jubileo Extraordinario de la Misericordia de diciembre de 2015 a noviembre de 2016, tuvo lugar en el año 2000, al comienzo del nuevo milenio. El Año Jubilar es un tiempo para reflexionar sobre las bendiciones que Dios ha concedido, al tiempo que se profundiza en la confianza en el Señor.
En su carta del 11 de febrero de 2022 al Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, el Papa Francisco declaró que el lema del Año Jubilar es “Peregrinos de la esperanza”.
El Papa Francisco señaló en su carta que durante los últimos años, “no ha habido un solo país que no se haya visto afectado por el brote repentino de una epidemia que nos ha hecho experimentar de primera mano no sólo la tragedia de morir solos, sino también la incertidumbre y la fugacidad de la existencia, y al hacerlo, ha cambiado nuestro modo de vida”. Otros factores que contribuyen a estos sentimientos son las guerras en todo el mundo, la pobreza, los cambios climáticos, los medios masivos de comunicación de masas y el rápido avance de la tecnología, que causa más estrés que remedios a la humanidad.
Estos factores pueden llevar a la desesperación, a un cierto tipo de tristeza que lleva a pensar que no se puede hacer nada; el futuro es sombrío. Esta desesperación puede llevar a las personas a ser muy individualistas, a preocuparse sólo de sí mismas, volviéndose ciegas ante las necesidades de los demás. Esta desesperación también puede llevar a la estrechez de miras: los problemas son demasiado grandes, así que para qué molestarse en abordarlos.
La otra cara de la desesperación es la presunción: que todo se arreglará al final y que, por tanto, no necesito hacer nada. Esta presunción tiende a llevarnos a preocuparnos sólo por nuestro propio bienestar, sin prestar atención ni ocuparnos de las necesidades de los demás.
Teológicamente, la desesperación y la presunción llevan a una persona a concluir que no hay nada que Dios pueda hacer por mí o que Dios es tan misericordioso, que no necesito preocuparme por llegar al cielo. Ambas actitudes impiden una conversión continua en Cristo, esforzándose cada día por vivir en el amor de Dios.
Entre la desesperación y la presunción se encuentra la virtud de la esperanza, que reconoce que, aunque un determinado bien sea difícil de obtener, es posible, ya sea por algún esfuerzo o por la ayuda de otro. La virtud teologal de la esperanza se define como aquella “por la que deseamos el reino de los cielos y la vida eterna como nuestra felicidad, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y contando no con nuestras propias fuerzas, sino con la ayuda de la gracia del Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia Católica, par. 1817). El don del temor del Señor está asociado a la virtud teologal de la esperanza, pues es un reconocimiento de que Dios existe: “ Pues el que se acerca a Dios ha de creer que existe y que recompensa a los que le buscan” (Heb. 11,6).
En la misma carta al Consejo Pontificio, el Papa Francisco pedía que los años 2023 y 2024 fueran de preparación para el Año Santo 2025. La preparación sugerida para 2023 fue un estudio de los cuatro documentos principales del Concilio Vaticano II. [Recordemos que el objetivo de este concilio era dar a conocer a Jesús al mundo, especialmente a través de su esposa, la Iglesia. A estos documentos podemos añadir la encíclica del Papa Benedicto XVI “Spe Salvi” (Salvados en la esperanza)].
El Papa Francisco propone que este año 2024 sea un año de oración: “Oración, sobre todo, para renovar nuestro deseo de estar en presencia del Señor, escucharle y adorarle”. Concluye su carta proponiendo el “Padre Nuestro” como la oración que fortalecerá nuestra esperanza y nos llevará a vivir como discípulos.
El Papa Benedicto también señaló la importancia de la oración para el desarrollo de la esperanza. Señaló que la oración profundiza nuestro deseo de Dios, nos purifica del autoengaño y “despierta mi conciencia para que ésta ya no me ofrezca más una autojustificación ni sea un simple reflejo de mí mismo y de los contemporáneos que me condicionan, sino que se transforme en capacidad para escuchar el Bien mismo” (“Spe Salvi”, 33).
El “Padre nuestro”, cuando se reza con intención y devoción, nos lleva a escuchar a Dios. Reconoce a Dios como nuestro Padre; que todos los seres humanos hemos sido creados a su imagen y semejanza. La oración nos lleva a desear estar con Dios, en el cielo; a buscar la efusión del Espíritu Santo, para hacer la voluntad de Dios; a confiar en Dios para las necesidades cotidianas, así como para las bendiciones sobrenaturales dadas en el Santísimo Sacramento; a buscar confiadamente el perdón de Dios, llevándonos a ser indulgentes; a confiar en su divina asistencia para superar tentaciones y obstáculos; a ser protegidos del mal, particularmente de las penas del infierno. La oración termina donde comenzó, un deseo de estar con Dios.
Rezar el “Padre Nuestro” de esta manera nos levantará el ánimo más que cuando gana nuestro equipo deportivo favorito. El Espíritu Santo llenará a los discípulos de una esperanza divina que les recordará que, en este mundo presente, somos “extranjeros y peregrinos” (1 Pedro 2,11). La esperanza que nace en nosotros del “Padre Nuestro” nos llevará más allá de la desesperación de que nada se puede hacer, llevándonos a hacer grandes cosas. Esta esperanza nos sacará del individualismo que conlleva la presunción, permitiéndonos ayudarnos unos a otros. La esperanza cristiana recuerda al discípulo que hay un futuro. Esta esperanza nos ayuda a avanzar hacia ese futuro y a ayudar a los demás a alcanzarlo también.
Juntos, nos dirigimos a la Jerusalén celestial. El viaje al cielo es difícil, pero posible gracias a la gracia de Dios. Al comenzar el 2024, es mi oración que todos nosotros meditemos y reflexionemos en oración sobre lo que significa ser “Peregrinos de la Esperanza”. Leer “Spe Salvi” del Papa Benedicto es un recurso maravilloso. Rezar el “Padre Nuestro” devota e intencionadamente permitirá que la virtud teologal de la esperanza crezca en nuestros corazones. Esta esperanza nos permitirá responder a los tiempos cambiantes con valentía, para que guiados por la fe, la esperanza y la caridad, ayudemos a construir un futuro mejor para todas las personas.
El padre Jason Rocks es el canciller de la diócesis de Camden y párroco de la parroquia Sagrada Eucaristía, Cherry Hill.














