
Nota del Editor: El Obispo Dennis Sullivan visitó el Albergue de Invierno San José, en Atlantic City el 6 de marzo, ayudando a las Hermanas Franciscanas de la Renovación a brindar asistencia pastoral a las personas sin hogar. El albergue, situado en el Salón Quaremba de la Parroquia de Santa Mónica, detrás de la Iglesia de San Miguel, está dirigido por las hermanas CFR; cuentan con la ayuda de voluntarios para ofrecer comida, refugio para pasar la noche, oraciones y amistad.
Me asignaron la tarea de distribuir un contenedor grande de plástico a cada huésped después de que se registraran en el albergue de San José, un ministerio de las Hermanas Franciscanas de la Renovación en Atlantic City. En el contenedor, el huésped depositaba sus objetos personales, que se guardaban durante la noche y se devolvían al propietario por la mañana.
De inmediato, la cena estaba disponible. Esa noche, pollo y albóndigas con arroz, ensalada y tarta de manzana. El aroma de esta comida casera, cada noche preparada y servida con cariño por voluntarios, se extendía por el salón. ¡Se rumora que un chef de un conocido restaurante en Margate prepara semanalmente una comida!
Junto a cada cama había una silla y una mesa de televisión para que los huéspedes se sentaran a disfrutar de la comida. Mientras caminaba por el salón, los huéspedes me hablaban de su experiencia en el albergue San José. Hubo acuerdo unánime en que ningún otro albergue de Atlantic City es comparable al de San José. Los huéspedes hablaron del amor que las hermanas muestran por cada uno de ellos. No sólo conocen a cada huésped por su nombre, sino también su historia personal. Las hermanas mantienen conversaciones serias con cada huésped sobre su futuro.
El respeto que los huéspedes reciben de los voluntarios que atienden el albergue -algunos durante toda la noche, otros para la preparación del salón y la comida- fue otro tema mencionado con frecuencia. Cada huésped es tratado con dignidad. Entre ellos hay alcohólicos, drogadictos y personas con problemas mentales. A pesar de su aflicción, cada uno es tratado con el respeto debido a una persona humana, un hijo de Dios, hecho a imagen y semejanza de Dios. Me hizo bien a la fe ser testigo del fervor de los huéspedes en la plegaria dirigida por las hermanas. Las oraciones de los pobres llegan rápidamente a Dios.
Mi experiencia en el albergue de San José aquella tarde de Cuaresma me motivó a examinar mi relación con el Señor. Este tiempo penitencial me invita a preguntarme: ¿Cómo estoy viviendo la Cuaresma? ¿Qué debe cambiar en mí? ¿Cómo puedo hacer que ese cambio suceda? ¿Hasta qué punto he sido fiel a las prácticas penitenciales cuaresmales?
La Cuaresma tiene que ver con la conversión, la renovación, y si es necesario, con recorrer un camino diferente. Durante la Cuaresma, las prácticas tradicionales de oración, ayuno y limosna (caridad) ayudan a fortalecer nuestra relación con el Señor. Por ejemplo, cuando practicamos la caridad, nos damos de nosotros mismos. Nuestro dar se ofrece imitando la entrega hasta la muerte del Señor Jesús en la Cruz. Damos en respuesta a todo lo que Dios nos ha dado.
En el Albergue San José, fui testigo “in vivo” de la ley de Cristo vivida y practicada por las Hermanas Franciscanas de la Renovación y sus increíbles y entregados voluntarios. El contacto directo que tienen con los pobres me hizo darme cuenta de que esta Cuaresma necesitaba mejorar la tradicional práctica cuaresmal de la caridad.
Jesús enseñó: “Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 15,12). Lo que se ahorra con nuestros sacrificios cuaresmales debe encontrar su camino hacia nuestra práctica de la caridad. A nuestro prójimo necesitado. A la exaltación de los pobres. Hay una variedad de oportunidades para hacer esto.
En nuestra Diócesis, en muchas de nuestras parroquias, ha comenzado nuestra campaña anual. Tiene un nuevo nombre: Ministerios Católicos para el Sur de Nueva Jersey. Su caridad a esta campaña diocesana llega a aquellos en los seis condados del sur de Nueva Jersey que son asistidos por los muchos ministerios que nuestra Iglesia patrocina – entre los que se encuentran despensas de alimentos, referencias de vivienda, servicios de asesoramiento, asistencia de inmigración, asentamiento de refugiados y muchos más. La compasión por los menos afortunados debe expresarse en obras en su favor. Ayuda directa a las organizaciones que, en nombre de Cristo, responden a los afectados por los males sociales de la sociedad. La caridad es la ley de Cristo, y los sacrificios y las prácticas penitenciales de la Cuaresma nos desafían a vivir mejor el mandamiento de Cristo.
Me anima en mi práctica de la caridad esta Cuaresma lo que presencié en el Albergue San José de Atlantic City. Animémonos unos a otros en la práctica de la caridad. “En el ocaso de la vida, seremos juzgados sólo por el amor” (San Juan de la Cruz).














