
Cuando experimenté por primera vez el llamado de Dios a la vida religiosa, no fue la devoción a José lo que me atrajo a las Hermanas de San José, sino la vida y el ministerio de las mismas hermanas. Para mí, como para muchos, las limitadas referencias a José en las Escrituras crearon un misterio. José era una presencia oculta aunque significativa en la vida oculta de Jesús.
En Patris Corde, Con un Corazón de Padre, el Papa Francisco nos asegura que lo que los evangelistas han escrito de José es más que suficiente para apreciar su vida y misión. En esta Carta Apostólica, Francisco comparte su reflexión personal y su relación con José, “una figura extraordinaria tan cercana a nuestra propia experiencia humana”. Para mí, esa conexión de José con nuestra experiencia humana es el regalo de esta carta.
Patris Corde es también un reflejo del corazón del Papa Francisco. Desde su apartamento papal ve a la comunidad mundial que sufre una pandemia global y escribe para reconocer, apreciar y apoyar a todas esas personas ocultas: médicos, tenderos, personal de limpieza, madres, padres y abuelos que, como José, “desempeñan un papel incomparable en la historia de la salvación”. Es para todos nosotros en la comunidad mundial que el Papa Francisco ofrece el ejemplo de José en este tiempo de tan gran sufrimiento humano.
El Papa da vida a tantos aspectos de la vida de José. El párrafo que más me habla es su reflexión sobre la época en Egipto.
El Evangelio no da ninguna información sobre el tiempo en que María, José y el Niño permanecieron en Egipto. Sin embargo, lo cierto es que habrán tenido necesidad de comer, de encontrar una casa, un trabajo. No hace falta mucha imaginación para llenar el silencio del Evangelio en este respecto. La Sagrada Familia tuvo que afrontar problemas concretos como todas las demás familias, como muchos de nuestros hermanos y hermanas migrantes que incluso hoy arriesgan sus vidas forzados por las adversidades y el hambre. En este aspecto, creo que san José es realmente un santo patrono especial para todos aquellos que tienen que dejar su tierra a causa de la guerra, el odio, la persecución y la miseria.
En mi vida con las Hermanas de San José, he tenido la bendecida oportunidad de conocer a familias que atraviesan estos mismos desafíos. En 1981, viajé a Cuernavaca, México para estudiar español. Mientras esperaba en el aeropuerto a que alguien me recogiera, vi familias mexicanas, niños con la nariz apretada contra las ventanas esperando con esperanza a que los miembros de la familia aparecieran a la vista. Tenía una conciencia increíble de que se trataba de mis hermanos y hermanas. Sabía en un nivel profundo que estaba siendo llamada a amarlos con tanta seguridad como amaba a mis hermanos. Mientras las lágrimas se acumulaban y caían, conocí una de las experiencias espirituales más profundas de mi vida. Ese fue el comienzo de un viaje que tuve la bendición de viajar durante los últimos cuarenta años.
En los últimos años, he tenido la oportunidad de ser voluntaria en nuestra frontera mexicana. Allí he visto hombres, padres como José, con niños en la mano. Han dejado todo lo que tenían y todo lo que les era familiar para proteger y mantener a sus fami-lias. Recuerdo haber llamado a un hombre hondureño que iba a tomar el autobús que lo llevaría por todo el país. Le pregunté si necesitaba volver a su habitación para recoger el resto de sus cosas. Señaló su delgada mochila y dijo que esto era lo que tenía para él y su hijo.
En Camden he conocido a tantas “familias santas” que se adaptan a vivir en una tierra extranjera, después de tantos años todavía viviendo con el temor de ser deportados. Durante esta pandemia, los inmigrantes de recursos económicos limitados han sido muy sensibles y receptivos a las necesidades de los demás. Su propia expe-riencia de enfermedad y pérdida de miembros de la familia ha aumentado su conciencia del sufrimiento de los demás. Son mis mentores en la vida del Evangelio.
En Camden conocí a Monseñor Robert McDermott con quien compartí el ministerio durante quince años. El tenía el corazón de un padre. Como Francisco, era un pastor que conocía las luchas de su rebaño. Sus homilías abordaron los problemas que agobiaban el corazón de su pueblo. Con compasión y coraje, actuó para abordar las injusticias que asolaban nuestra ciudad y nuestra nación.
El Papa Francisco ofrece un retrato de José, un hombre común que vivió una vida extraordinaria. A través de su arte, la Hermana Madeleva, CSJ hace lo mismo. ““Desterrado, obrero humilde, sin un nombre conocido, solo el carpintero este José. Nos causa pensar cómo fue que cada persona, cada sitio era su vecino. Porque el Niño conocido como su Hijo no le trataba a nadie como si fuera un desconocido”.
Este ejemplo de amor inclusivo que José le ofreció a su Hijo es el mismo regalo que sigue ofreciendo a una Iglesia y a un mundo dividido. Vemos este amor reflejado en el Papa Francisco, en los trabajadores esenciales y en otras personas que adornan nuestras vidas. Es lo que reconocí hace años atrás en las Hermanas de San José y es el compromiso continuo de nuestra congregación de dar testimonio de esta inclusión lo que me sostiene y desafía hoy.
La hermana Veronica Roche, SSJ ministra con Líderes Inmigrantes y Defensores de Inmigración en parroquias en el Condado de Camden. (vmroche53@gmail.com)














