Como católicos estadounidenses, damos gracias a Dios por habernos llevado de forma segura a través de unas elecciones muy reñidas pero pacíficas. Algunos están contentos con el resultado; otros no. Pero todos podemos respirar aliviados de que por fin haya terminado.
Este período de transición que anticipa a la toma de posesión de un nuevo Gobierno, es un buen momento para que reflexionemos sobre cuál debe ser nuestra respuesta a la nueva situación política y cómo nuestra fe de cristianos puede ayudarnos en el proceso. La Sagrada Escritura nos ofrece ciertamente amplias oportunidades para hacerlo.
Es digno de mención que, en el libro del profeta Isaías, Dios se sirva de un gobernante secular, pagano por cierto, para cumplir sus propósitos. Jerusalén había caído en manos de los babilonios en 587 a.C., y los judíos que no perecieron fueron llevados al exilio. Con el tiempo, los persas sustituyeron a los babilonios como fuerza dominante en Oriente Medio, y su gobernante, Ciro el Grande, promulgó un decreto que permitía a los judíos regresar a su patria. Ciro incluso recibió el título de «ungido» de Dios, es decir, «mesías». ¡Y ni siquiera conocía a Dios!
Sin embargo, según otra tradición del Antiguo Testamento, Ciro sí era consciente de que su poder procedía de Dios, y de que Dios le había encargado reconstruir el Templo de Jerusalén. Por decreto, devolvió a los judíos todos los vasos de oro y plata que habían sido saqueados del Templo de Salomón antes de que fuera destruido. Luego ordenó a sus súbditos, que eran sus vecinos en el exilio, que les proporcionaran oro, plata y toda clase de bienes y ganado cuando emprendieran el viaje de regreso a casa. (Esdras 1)
Las repercusiones de esos acontecimientos son claras. Dios es soberano. Dios tiene el control. Dios permanece en su trono a pesar de cualquier cambio en el poder terrenal. Además, Dios puede utilizar, y a veces utiliza, a los dirigentes de las naciones para cumplir su voluntad, sean o no conscientes de ello, e incluso aunque no lo conozcan en absoluto.
En el Nuevo Testamento, se hace referencia a la obediencia a los líderes del gobierno en varios lugares. Jesús enseñó que debemos dar al César lo que es del César (Mc 12,17). San Pablo dijo que todos deben estar sujetos a las autoridades gobernantes (Rom. 13:1). Sin embargo, se entiende que su autoridad de gobierno proviene de Dios. “No hay autoridad sino de Dios, y las que hay, han sido instituidas por Dios. Por tanto, quien resiste a las autoridades resiste a lo que Dios ha establecido” (Rom. 13:1-2). Por tal razón, se presume que los funcionarios civiles gobernarán de manera piadosa, con honestidad e integridad.
Teniendo esto en cuenta, debemos honrar y respetar el cargo de presidente y al propio presidente. Al hacerlo, honramos la voluntad de Dios y respetamos nuestras instituciones democráticas. Al mismo tiempo, nunca debemos dejar de animar al presidente a hacer lo que es correcto y bueno de todas las formas que esté a nuestro alcance. Como católicos y como estadounidenses, debemos sentirnos libres para criticar, pero nunca demonizar al presidente cuando no gobierne como Dios manda. Deberíamos rezar por nuestro presidente todos los días, dándonos cuenta de que, cada vez que rezamos por él, en realidad estamos rezando por nosotros mismos.
Que el Espíritu Santo inspire al presidente electo y a todos los nuevos en cargos electos, a gobernar con sabiduría y virtud.
El padre Edward Kolla es sacerdote jubilado de la diócesis.














