
La temporada de Pascua concluye el 19 de mayo, solemnidad de Pentecostés, cuando celebraremos el don del Espíritu Santo de Jesús resucitado a Sus seguidores y a Su Iglesia. Nuestra tradición católica dedica el mes de mayo a María, la Madre de Dios. Durante este mes, en nuestras parroquias, escuelas y programas de educación religiosa se celebran devociones llenas de fe que honran a la Santísima Madre y expresan el amor de los fieles por ella. Las procesiones de mayo, la Coronación de María, el rezo público del Rosario, la ofrenda de flores y la colocación de peticiones escritas personalmente en un santuario mariano son algunas de las devociones tradicionales a la Madre de Dios que tienen lugar.
Cuando el fuego del Espíritu Santo cayó en Pentecostés sobre los seguidores de Jesús, María estaba presente entre ellos. Como estuvo presente en la Anunciación del Señor y en su Nacimiento en Belén, María está presente en Pentecostés, cuando la Iglesia nació por el soplo del Espíritu Santo. Ella estaba en medio de la Iglesia en sus comienzos. Siempre está en medio de la Iglesia. No hay Iglesia sin María.
Las devociones tradicionales a María en el mes de mayo nos recuerdan su papel único en la salvación del género humano y, más aún, el honor y la estima en que ha sido y es tenida por la Iglesia. Ella es verdaderamente la Madre de Dios y verdaderamente nuestra Madre. Nos acercamos a ella como Madre nuestra con la confianza de los hijos. Las peticiones de una de mis oraciones preferidas a María, el Acordaos, expresan esta confianza infantil hacia nuestra santa Madre.
Acordaos,
oh piadosísima Virgen María,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que han acudido
a tu protección,
implorando tu asistencia
y reclamando tu socorro,
haya sido abandonado de ti.
Animado con esta confianza,
a ti también acudo, oh Madre,
Virgen de las vírgenes,
y aunque gimiendo
bajo el peso de mis pecados,
me atrevo a comparecer
ante tu presencia soberana.
No deseches mis humildes súplicas,
oh Madre del Verbo divino,
antes bien, escúchalas
y acógelas benignamente. Amén
Esta oración se titula Acordaos porque su primera palabra es «Acuérdate». Buscamos su ayuda e intercesión. Cualquiera que sea nuestra necesidad, nuestro problema o nuestra dificultad, nos dirigimos a la Madre de Dios, que es nuestra abogada ante su Hijo, que escucha la oración de su Madre. Buscamos confiadamente su ayuda, que ella lleva a Jesús.
Hace poco, leí una opinión escrita por un experto en desarrollo infantil. Escribía que la labor más importante que una madre puede hacer por su hijo recién nacido es mirarle a los ojos. En su opinión, la confianza y el amor que se desarrollan entre la madre y el recién nacido encuentran su origen en esta experiencia de la mirada de la madre. La conexión entre la madre y el bebé se establece a través de sus ojos.
Cualquiera que sea la validez científica de esta opinión, reflexionemos sobre la mirada entre la Madre María y el Niño Jesús, a quien concibió por la sombra del Espíritu Santo y a quien amó con un «amor indescriptible». Ella fue verdaderamente su Madre, que se unió a Él a través de su mirada maternal. Su vínculo duró toda su vida humana. Al final de su vida, al morir en la Cruz, nos la entregó. Para nosotros, ella es verdaderamente nuestra Madre. No en la realidad física de la maternidad, sino en la realidad espiritual de la Maternidad. Ella se ha unido a cada uno de nosotros a través de su mirada maternal. Nos ama y ruega por nosotros a su divino Hijo.
La tradición bizantina de los iconos es la que mejor capta la mirada de la Madre de Dios sobre cada uno de los fieles que venera un icono mariano, de los que existen muchas expresiones. Un icono es un espejo de lo divino. Lleva a la persona que lo venera más allá de este mundo, al reino celestial. Cuando el icono es el de la Madre de Dios, Ella mira a quien venera su imagen. Ella se une con él o ella.
En este mes de mayo, acerquémonos a nuestra Madre con confianza filial y experimentemos su amor materno. Ella nos lleva a Jesús, su divino Hijo, a quien contempló en su infancia. Él es nuestro Señor y Salvador, el Resucitado, que nos regala el don del Espíritu Santo y el don del amor de su Santa Madre. Santa María, ruega por nosotros. Míranos a nosotros que estamos unidos a ti por la fe.














