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Cada año tengo el privilegio de asistir a la Misa de Baccalaureate y a la ceremonia de graduación de cada una de las cinco escuelas secundarias parroquiales y diocesanas de la Diócesis. Siempre me impresiona la calidad de los discursos que pronuncian los graduados. Logran capturar la experiencia de su clase en la secundaria con humor, sabiduría y la agridulce realidad de que el final de esta etapa marca el inicio de una nueva aventura.
Para mí, los discursos de este año destacaron por dos temas en común. El primero es que el significado de la graduación va más allá de un simple hito académico.
Konala Wong, estudiante con mayor promedio, pronunció el discurso de valedictorian en la graduación de Wildwood Catholic Academy expresó este sentimiento a través de un discurso completamente en verso.
“A simple vista, la razón por la que estamos aquí reunidos…
Es para celebrar el fin de nuestra etapa en la secundaria…
Pero, en realidad, es mucho más que el final del doceavo grado…
Es la pérdida del niño que llevamos dentro, el que siente temor…
Esta ceremonia despierta una verdad profunda y solemne…
Este es el nacimiento de nuestra madurez y la despedida de nuestra juventud.”
En todos estos años asistiendo a graduaciones de secundaria, esta realidad —experimentada tanto por estudiantes como por padres— se ha vuelto cada vez más evidente. La graduación de secundaria es también una graduación no oficial de la niñez. La mayoría de los graduados asumen más responsabilidades, viven con mayor independencia y se enfrentan a rutinas mucho más variables e impredecibles que las que conocieron durante gran parte de sus vidas.
Como expresó tan bellamente la estudiante Wong, “la pérdida del niño que llevamos dentro… nos causa temor.”
Estoy seguro de que a los padres también les causa una buena dosis de ansiedad.
El segundo tema que noté en los discursos este año ofrece una respuesta ante esos temores y ansiedades: la presencia de Dios en el camino.
La estudiante de Gloucester Catholic reconocida con el más alto honor académico, conocido como “valedictorian”, Ava Godby, compartió esta reflexión llena de sabiduría:
“En cada celebración y lucha, Dios ha estado obrando en mi corazón — moldeándome con suavidad, llamándome a crecer y recordándome que fui creada para algo más. Gloucester Catholic no solo cultivó mi educación — cultivó mi alma.”
Las palabras de Ava Godby resaltan una diferencia clave entre una educación católica y otras opciones: las escuelas católicas alimentan el alma de sus estudiantes al fomentar su relación con Dios mediante la oración, la liturgia, el servicio, los retiros, el aprendizaje y el testimonio. Las escuelas católicas abrazan la verdad de que cada uno de nosotros es una creación única de Dios, hecha a Su imagen y semejanza. Al hacerlo, reflejan una verdad proclamada en cada Misa de Baccalaureate — en la primera lectura — en la que San Pablo nos dice:
“La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.” (Romanos 5,5)
A medida que los graduados de las escuelas católicas dan los siguientes pasos en su camino, ellos —y sus padres— saben que pueden enfrentar con confianza cualquier temor o ansiedad que se presente. Porque han alimentado su alma y se han acercado más a Dios a través de su educación católica, tienen la esperanza de que el amor de Dios seguirá guiándolos, fortaleciéndolos y ayudándolos a crecer más cerca de Él, donde sea que vayan.
El Dr. Bill Watson es el superintendente de escuelas católicas de la Diócesis de Camden














