Columna del Obispo – El ministerio del laicado: no una ocurrencia tardía

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Estos días nos hemos estado concentrando en la nueva traducción de la liturgia en inglés. Mucho del trabajo que tiene que ser logrado está en la parte del sacerdote. Para el laicado, ha habido algunos cambios, de manera particular en la respuesta de “y con su espíritu,” que tomará algún tiempo para acostumbrarse.

Mientras que es importante acostumbrarse a la nueva traducción, nosotros no debemos perder de vista el hecho de que nos reunimos a celebrar el gran misterio de la Eucaristía, con sacerdote y pueblo juntos ofreciendo oración y adoración a Dios. El papel del laicado en la vida de la Iglesia es esencial.

Esa celebración del papel del laicado fue un tema central de la reciente Cena de Fundadores en la Parroquia San Antonio de Padua en Hammonton donde, como una diócesis, nosotros reconocimos a los que apoyan el proceso de Formación Permanente en la Fe. Como parte de ese acontecimiento, nosotros oímos a personas laicas que, con el apoyo financiero de la diócesis y sus parroquias, se educan a sí mismos para el ministerio parroquial en instituciones tales como la Universidad de Villanova, Universidad de Neumann, Universidad Georgian Court y el Colegio St. Elizabeth, entre otras. Estos estudiantes, por el apoyo de benefactores generosos, han respondido a su llamado bautismal de profundizar su conocimiento de la fe y compartir esa fe con sus hermanas y hermanos.

La Eucaristía es la fuente y cumbre de nuestra unidad como Iglesia. Pero para continuar creciendo en esa unidad debemos darnos cuenta de que ambos, el ordenado y el laicado, tienen papeles importantes. El ministerio del laicado no es una ocurrencia tardía. No existe solamente porque hay una escasez creciente de sacerdotes. Incluso si tuviéramos una súper abundancia de sacerdotes, la Iglesia afirmó bien en el Vaticano II el papel del ministerio para el laicado. Es el bautismo que nos llama al ministerio, y ese llamado es profundizado en la Confirmación, alimentado en la Eucaristía y en el Sacramento de la Reconciliación.

Por nuestro bautismo compartimos en el ministerio de Jesús como sacerdote, profeta y pastor. Todos nosotros en alguna manera tomamos parte en la misión de Jesús. Sí, el ordenado es esencial, especialmente en la vida sacramental de la Iglesia. Pero el laicado es más importante trayendo la Buena Nueva a todas las personas. La evangelización es en tantas maneras lograda efectivamente por el ejemplo, la palabra y el celo del laicado.

Mientras el ordenado puede proclamar la Palabra, especialmente en la Eucaristía, el laicado en una manera verdadera vive esa Palabra en la vida cotidiana. El poder de ese testigo no puede ser subestimado. La Iglesia en el Vaticano II nos recordó que todos estamos llamados a la santidad. Como parte de nuestra respuesta a esa llamada, debemos vivir nuestras vocaciones. El ordenado por su parte debe continuar profundizando su identificación con Jesús, vivir y amar como Jesús lo hace. El laicado, por su parte, también debe continuar creciendo en esa identidad bautismal con Jesús como sacerdote, profeta y pastor.

El laicado debe estar dispuesto a vivir esa realidad. Y deben ser apoyados y motivados por el ordenado para que todos juntos podamos responder al llamado a la santidad. Ser santo, es crecer cada día más en Jesús. Es un desafío para mí y para usted. Oremos el uno por el otro para que podamos responder claramente a ese desafío.