¿Cuándo terminará todo esto?
Esa fue la pregunta planteada a mí por un reportero de un periódico, transmitiendo un mensaje de un amigo que él describió como un fiel católico. El amigo estaba haciendo una referencia a la crisis de abusos sexuales en la Iglesia.
En los últimos 10 años, con la aplicación de reformas, incluyendo una disposición en la cual incluso sacerdotes con una sola ofensa ya no son elegibles para servir en el ministerio, hemos hecho grandes avances. Sin embargo, cada caso individual de abuso sexual por un líder religioso de confianza, siendo uno es demasiado.
A largo plazo, necesitamos formar sacerdotes que estén felices en su vocación, que miren el celibato como un don espiritual importante, que hayan desarrollado una fuerte vida de oración y que estén bendecidos con relaciones saludables. Todos estos factores son parte integral para la formación de sacerdotes. Tenemos que examinar constantemente nuestros programas de formación sacerdotal para ver si están cumpliendo con estos altos ideales. En el proceso, es posible que tengamos que reconsiderar algunas suposiciones.
El fallecido Cardinal Jean-Marie Lustiger de Paris renovó la formación del clero en su arquidiócesis. Conciente de que la mayoría de los sacerdotes viven como pastores, reconoció esta realidad al exigir que los candidatos al sacerdocio pasaran años en las parroquias trabajando entre las personas, mientras que al mismo tiempo recibieran apoyo de un equipo de formación y asistieran a clases.
En esta coyuntura, un momento crucial en la Iglesia de los Estados Unidos, podría ser el tiempo de volver a la idea del Cardinal Lustiger.
Aquí en la Diócesis de Camden, nuestros candidatos al sacerdocio, ya reciben un fuerte énfasis en la formación pastoral. Después de dos años de estudios, les exigimos que experimenten un año de vida parroquial. Entonces estamos preparados para evaluar la forma en que interactúan con sus compañeros sacerdotes, así como con los laicos y mujeres.
El ministerio es acerca de las relaciones, les digo a nuestros seminaristas. Si usted es inmaduro en sus habilidades de relación, no debería de ser un sacerdote. Nuestros sacerdotes deben de tomar como modelo a Jesús, que vino a estar entre nosotros, no para ser frío y distante, esquivo de lo demás, o en el otro extremo, tan necesitado que ellos no pudieran experimentar una amistad madura.
La formación sacerdotal es un proceso. Idealmente, nunca debe terminar. Todos nosotros que somos sacerdotes, sin importa la edad, debemos de crecer en oración y servicio.
Podríamos estar en el punto, creo, donde los seminarios, una vez necesarios en una reforma de la iglesia, han sobrevivido a su utilidad en mejor cultivar este proceso. Cuando comencé a trabajar como párroco en Filadelfia, me encontré con todo tipo de situaciones en las que la educación del seminario me dejo mal preparado. “El seminario me enseñó a ser un seminarista bueno, no un sacerdote bueno,” le comenté a un amigo en ese tiempo. A través de los años, me he convencido que los candidatos al sacerdocio diocesano deben vivir entre el pueblo y con aquellos con los que van a trabajar como párrocos.
Una buena formación hará énfasis en que, como sacerdotes, estamos llamados a vivir con integridad. Nuestras vidas no pueden ser una mentira. Se supone que debemos de ser hombres de oración y testimonio de celibato, espiritualmente abiertos a amar a todos sin aferrarse a alguien en particular.
Esto es, al igual que la vida de casados, un reto. Si usted no tiene neumáticos de carretera en su alma, he descubierto, que no puede crecer y madurar. Ese crecimiento tiene que incluir una mayor madurez espiritual, una creciente cercanía a Dios. A los 74 años, he crecido, por lo que mi relación con Dios es diferente de lo que era cuando yo tenía 34 años.
Lo que los escándalos de abuso sexual nos han enseñado es que tenemos que ser más humildes. Estamos defectuosos. Somos víctimas del pecado original. Ya no podemos pretender que algunos de nosotros no lo somos. Tenemos que ser más dependientes de Dios, no de nosotros mismos.
Esa es la lección que la formación sacerdotal en nuestra época debe de transmitir. El pecado, de seguro, no va a desaparecer. Pero tenemos que hacer nuestro mejor esfuerzo para cultivar sacerdotes sanos, dedicados a la oración y el servicio, y examinar modelos que podrían ser capaces de hacer eso mejor. Nada menos le debemos a nuestro pueblo Católico que está haciendo preguntas difíciles y en la búsqueda de respuestas.














