
Por Rhina Guidos
OSV News
MEXICALI, México – Una estaba herida, otras cansadas, pero la hermana Suzanne Jabro, religiosa de San José de Carondelet, recorrió el albergue de migrantes invitando a las madres a una fiesta.
“¿Vienes?”, preguntaba emocionada a muchas de las mujeres migrantes.
México, donde las mujeres se enfrentaban a un futuro incierto, celebraba el Día de la Madre el 10 de mayo, al igual que otros países de América Latina de donde procedían. Pero lejos de casa, con escasos fondos, vulnerables y tratando de entender lo que significarían para ellas los cambios del 11 de mayo en la política de asilo de Estados Unidos, el Día de la Madre parecía lejano en su memoria.
“Las mujeres del refugio han oído la retórica por todas partes, lo que la gente piensa de los migrantes”, dijo la hermana Jabro a Global Sisters Report el 10 de mayo. “Queremos que sepan que las vemos, las oímos, las sentimos. Queremos compartir con ellas. Que somos uno. Y que somos de Estados Unidos y estamos aquí para darles la bienvenida. No están solas”.
Junto con otras religiosas y sus amigas, la hermana Jabro organizó una gran fiesta en el albergue para migrantes Cobina, en Mexicali: música en vivo, piñatas, helados, baile con las hermanas, manicuras y mascarillas, que algunas de las mujeres disfrutaron, quemadas por el sol tras días de caminar por el desierto.
“Es especial, hace que este día sea diferente”, dijo Idalia Ángel Chicas, salvadoreña y madre de dos hijos. “Sentimos como si otras personas nos amaban, como si fuéramos importantes para alguien”.
El acto formaba parte de lo que la hermana Jabro denomina “crossovers”, en los que participan grupos de Estados Unidos, algunos de ellos católicos y otros de otras tradiciones religiosas, que visitan a los migrantes en los albergues de las ciudades fronterizas con ayuda de Border Compassion, la organización sin ánimo de lucro que ella dirige. Organiza visitas que consisten en llevar ayuda humanitaria, alimentos y ropa a los migrantes, visitarlos y compartir una comida para conocer qué les ha hecho abandonar su hogar.
Chicas, la madre salvadoreña, dijo que, aunque el presidente de su país ha dicho que ha erradicado el problema de las pandillas y ha traído la ley y el orden a El Salvador, los “elementos criminales” seguían presentes en su hogar natal de San Miguel, donde pandillas intentaban reclutar a su hijo de 11 años. Eso, unido a los malos tratos físicos que sufría, hizo que se marchara, afirmó.
“Esto es humanizador”, dijo la Hermana Jabro sobre el evento en una conversación con la Hermana de la Misericordia Maryanne Loughry, del Comité de Migración de la Unión Internacional de Superioras Generales, con sede en Roma, que participó en el cruce del Día de la Madre. La hermana Jabro explicó la importancia de que los demás escucharan de primera mano las historias de los migrantes, pero también de que compartieran momentos con ellos. Y lo hicieron con música, baile y la bendición de las mamás, actividades cuyo momento llegó un día antes del levantamiento de la normativa del Título 42.
La medida, implementada durante la administración Trump, mantuvo a los solicitantes de asilo fuera de Estados Unidos desde que comenzó la pandemia de coronavirus a principios de 2020. Permitía a los agentes de la Patrulla Fronteriza expulsar rápidamente a quienes pretendían solicitar asilo, supuestamente para controlar la propagación del COVID-19.
Pero con su desaparición, ha llegado mucha incertidumbre a los pueblos y ciudades fronterizas como Mexicali, donde se han reunido migrantes, con la esperanza de que los cambios les favorezcan y puedan cruzar rápidamente después de que se levante la ley. La hermana Ann Durst, abogada de inmigración que fundó Casa Cornelia Law Center, una organización legal sin fines de lucro en San Diego que ayuda a los migrantes, dijo que los cambios pueden resultar en más deportaciones. Ella habló con algunos de los migrantes en el refugio para que pudieran considerar los escenarios que podrían enfrentar.
La hermana Lisa Buscher, de la Sociedad del Sagrado Corazón, que ayudó a organizar el evento, bailó con algunos de los niños mientras los músicos tocaban música de banda, típica de México. Dijo que siempre aprende de las visitas a los albergues, y mucho de los niños. Recuerda una visita en la que un niño llamado José jugó con ella mientras se repartían caramelos. Cuando ella no recibió ninguno, “se metió la mano en el bolsillo y me ofreció un caramelo. Se me llenaron los ojos de lágrimas y me sentí como si acabara de comulgar, y mi oración fue ‘Dios, ayúdame a ser así de generosa’”.














